viernes, 24 de febrero de 2017

Un perro ladrón

El perro de los Gómez vio como la familia terminaba de comer el asado del domingo y se preparó. Sabía que el momento de poder robar un chorizo estaba llegando y se paró cerca de la mesa. Cuando todos se fueron a jugar a las cartas al living, saltó sobre una silla, se inclinó hacia una bandeja y robó ese chorizo que tanto quería. A pesar de sus cuidados lo descubrieron, pero como todos se rieron de lo que estaba haciendo, pudo comer tranquilo y fue feliz.


El perrito de los Gómez

El perrito de los Gómez
ya no sabe que inventar.
Espera a que todos terminen
para poder ir a robar.
Pone cara de buenito,
¿quién va a sospechar?
Sus planes son un lujo,
nada puede fallar.
Cuando la familia distraída
a las cartas se va a jugar
el perrito de los Gómez
se prepara para atacar.
Sueña y sueña con chorizos
hasta que se hacen realidad.
Es un hermoso delito
y la carne, una realidad.
Al final lo descubren todos
pero nadie lo va a retar.
Ese chorizo esquivo
ya no se va a salvar.


El perro y la cheta

Ay, chicus, tipo que no da. Onda, salgo a buscar el I-phone que me dejé en el quincho de la familia de Matu y está el perro ese horrendo trepado a miiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii silla comiendo de miiiiiiiiiiiiiiii plato!!!!
¡Te lo pido par favar! ¡Sacame a este ridículo ya! Matuuuuuuuuuuuuuuuuu!!!!! Ese coso feo de tu familia se está comiendo todo!!!! Matu, daleeeeeeeeeeee! Está bien que a la chica le pagan porque limpie todo pero la vas a hacer que bañe al perro porque se llenó de grasa? Sos un rata, nene.
- ¡Ay, hola, má! ¡No sabes lo que está pasando acá! ¡¡¡¡El perro se está robando todo!!!! ¡¡¡¡La comida, mamá!!!! ¿Matu? Ahí, riéndose del perro con los hermanos. Un tarado. ¿Qué huecos son los hombres, no, má?


jueves, 23 de febrero de 2017

Ni una sola idea de nada.

Tengo que escribir para el curso de los viernes y no se me ocurre nada. No logro descifrar si es porque estoy cansada o porque la semana fue desastrosa. Creo que estar sentada, haciendo que trabajo, en una oficina a la que me siento ajena tampoco debe ayudar demasiado. No puedo pensar, no tengo ni una idea, y Word me odia. Estoy incómoda con todo. Con el día, el clima, mi mal humor y el sueño.
El martes tuve un turno con mi fonoaudióloga, que sufrió un brote psicótico en plena sesión, al que no pude ni reaccionar, y desde ese momento estoy desconcentrada.
Me encantaría saber por qué me quedé quieta, sólo observándola, y no se me ocurrió llamar a alguien para que la ayude. ¿Habrá sido miedo? ¿Estuve en shock? ¿Me fasciné de alguna forma morbosa y no me pude correr del lugar de espectadora?
Claudia gritó en su consultorio durante media hora y yo sólo me dediqué a mirarla hasta que entraron dos empleadas de la clínica, me pidieron que saliera y llamaron al 107.
Yo me tenía que ir rápido porque tenía otro turno en Palermo así que mi último contacto directo con la situación fue escuchar sus gritos desde la calle.
Al día siguiente, me llamó el dueño de la clínica para intentar explicarme qué había sucedido. Específicamente, me dijo que Claudia había tenido un brote psicótico inducido por el consumo de drogas que habría tomado durante un retiro espiritual al que fue el fin de semana anterior.
¿Me habrá dicho la verdad? Dudo porque la situación es la más extraña que me pasó en la vida, pero también porque tal vez quiere ocultar algo para evitar, por ejemplo, que yo les haga algún tipo de reclamo. ¿Y sí nunca me entero que es lo que realmente pasó?
Necesito hablar con Claudia, pero decidí esperar hasta que ella se comunique conmigo y no forzar el contacto. Me angustia pensar que mientras yo intento escribir, ella tenga que estar medicada y rodeada de psiquiatras.

Estoy mareada.

viernes, 10 de febrero de 2017

El color de mi rodilla

- Veo, veo.
- ¿Qué ves?
- Qué se yo.

Me miro la rodilla y no la entiendo.

Sé que me duele mucho, que no me deja ni dormir, que el hielo no me ayuda y que los antiinflamatorios tampoco.
También sé que en la placa que me sacaron en la guardia del Cemic no salió nada, pero a mí me duele.
La miro, me lamento, lloriqueo y sigo sin entenderla.

Nos habíamos juntado a cenar con dos amigos, decidimos ir a bailar, pasamos por la casa de uno de ellos para que pudiera cambiarse y tomamos un taxi en dirección a la mía.
Los tres estábamos muy fumados, yo no dejaba de hablar y el chofer nos odiaba. Se le notaba.
En un momento se equivocó de camino, se disculpó como si hubiera matado a alguien y yo le contesté “bueno, bueno, ya está, ya hay que retomar, que se le va a hacer” y el tipo me odió más.
Seguimos camino a casa, donde yo me cambiaría para después continuar rumbo al boliche con el mismo taxi. Pero no, claro que no.
Cuando pasábamos por un costado del Cementerio de la Chacarita, el taxista gira para otro lado y nos dice “bueno, ya está, les pido que se bajen acá, por favor, no les cobro nada, me desvié, ya está, no seguimos”.
Intentamos convencerlo de completar el viaje y como se negó, nos bajamos. La felicidad de habernos ahorrado más de 80 pesos por la locura galopante de este gil me duró casi nada porque, cuando estábamos cruzando la calle para conseguir otro taxi, me caí.
Me hice teta la rodilla izquierda, me asusté y hasta se me revolvió el estómago, imagino, por la adrenalina.
Mis amigos me levantaron, tomamos otro taxi sin querer modificar los planes iniciales, pero cuando bajé en casa a cambiarme, y me miré la rodilla, me asusté más. En cinco minutos me había crecido una deformación espantosa del tamaño del Maracaná, y me mataba de dolor.
Para cuando llegamos al boliche, ya ni podía apoyar la pierna, así que tuve que arrancar mi periplo por dos guardias diferentes, porque en la primera no había traumatólogo.

Era la segunda vez que usaba esas plataformas. Negras, divinas, nuevas y súper cómodas. Pero asesinas. La primera vez que las usé también me caí, y no contenta con eso, las volví a usar.

Acá hay una maldición.
Alguna energía horrible que vino con estos zapatos cuando los conseguí, que se afirmó con la primera caída mientras bailaba con Matías en la fiesta de fin de año de la oficina, y que definitivamente se consagró dejándome medio inválida después de la cena con los chicos.
El taxista me maldijo y empeoró todo.
Sentí su energía asquerosa cuando subí y cuando me bajé, pero estoy segura que no fue el único causante de mi desgracia.

Estos zapatos son hermosos, tienen la altura justa para mí y me costó conseguirlos. Eran perfectos hasta que los usé.
No sé qué hacer.
No sé si quemarlos o volver a arriesgarme y usarlos de nuevo.
Son lindos. Re lindos.
No me combinan con el color rarísimo que tengo en la rodilla, pero son lindos.
Muy lindos.