Ni una sola
idea de nada.
Tengo que
escribir para el curso de los viernes y no se me ocurre nada. No logro
descifrar si es porque estoy cansada o porque la semana fue desastrosa. Creo
que estar sentada, haciendo que trabajo, en una oficina a la que me siento
ajena tampoco debe ayudar demasiado. No puedo pensar, no tengo ni una idea, y
Word me odia. Estoy incómoda con todo. Con el día, el clima, mi mal humor y el
sueño.
El martes
tuve un turno con mi fonoaudióloga, que sufrió un brote psicótico en plena
sesión, al que no pude ni reaccionar, y desde ese momento estoy desconcentrada.
Me
encantaría saber por qué me quedé quieta, sólo observándola, y no se me ocurrió
llamar a alguien para que la ayude. ¿Habrá sido miedo? ¿Estuve en shock? ¿Me fasciné
de alguna forma morbosa y no me pude correr del lugar de espectadora?
Claudia
gritó en su consultorio durante media hora y yo sólo me dediqué a mirarla hasta
que entraron dos empleadas de la clínica, me pidieron que saliera y llamaron al
107.
Yo me tenía
que ir rápido porque tenía otro turno en Palermo así que mi último contacto
directo con la situación fue escuchar sus gritos desde la calle.
Al día
siguiente, me llamó el dueño de la clínica para intentar explicarme qué había
sucedido. Específicamente, me dijo que Claudia había tenido un brote psicótico
inducido por el consumo de drogas que habría tomado durante un retiro
espiritual al que fue el fin de semana anterior.
¿Me habrá
dicho la verdad? Dudo porque la situación es la más extraña que me pasó en la vida,
pero también porque tal vez quiere ocultar algo para evitar, por ejemplo, que
yo les haga algún tipo de reclamo. ¿Y sí nunca me entero que es lo que realmente
pasó?
Necesito
hablar con Claudia, pero decidí esperar hasta que ella se comunique conmigo y
no forzar el contacto. Me angustia pensar que mientras yo intento escribir,
ella tenga que estar medicada y rodeada de psiquiatras.
Estoy
mareada.
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