jueves, 23 de febrero de 2017

Ni una sola idea de nada.

Tengo que escribir para el curso de los viernes y no se me ocurre nada. No logro descifrar si es porque estoy cansada o porque la semana fue desastrosa. Creo que estar sentada, haciendo que trabajo, en una oficina a la que me siento ajena tampoco debe ayudar demasiado. No puedo pensar, no tengo ni una idea, y Word me odia. Estoy incómoda con todo. Con el día, el clima, mi mal humor y el sueño.
El martes tuve un turno con mi fonoaudióloga, que sufrió un brote psicótico en plena sesión, al que no pude ni reaccionar, y desde ese momento estoy desconcentrada.
Me encantaría saber por qué me quedé quieta, sólo observándola, y no se me ocurrió llamar a alguien para que la ayude. ¿Habrá sido miedo? ¿Estuve en shock? ¿Me fasciné de alguna forma morbosa y no me pude correr del lugar de espectadora?
Claudia gritó en su consultorio durante media hora y yo sólo me dediqué a mirarla hasta que entraron dos empleadas de la clínica, me pidieron que saliera y llamaron al 107.
Yo me tenía que ir rápido porque tenía otro turno en Palermo así que mi último contacto directo con la situación fue escuchar sus gritos desde la calle.
Al día siguiente, me llamó el dueño de la clínica para intentar explicarme qué había sucedido. Específicamente, me dijo que Claudia había tenido un brote psicótico inducido por el consumo de drogas que habría tomado durante un retiro espiritual al que fue el fin de semana anterior.
¿Me habrá dicho la verdad? Dudo porque la situación es la más extraña que me pasó en la vida, pero también porque tal vez quiere ocultar algo para evitar, por ejemplo, que yo les haga algún tipo de reclamo. ¿Y sí nunca me entero que es lo que realmente pasó?
Necesito hablar con Claudia, pero decidí esperar hasta que ella se comunique conmigo y no forzar el contacto. Me angustia pensar que mientras yo intento escribir, ella tenga que estar medicada y rodeada de psiquiatras.

Estoy mareada.

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