El color de
mi rodilla
- Veo, veo.
- ¿Qué ves?
- Qué se yo.
Me miro la
rodilla y no la entiendo.
Sé que me
duele mucho, que no me deja ni dormir, que el hielo no me ayuda y que los
antiinflamatorios tampoco.
También sé
que en la placa que me sacaron en la guardia del Cemic no salió nada, pero a mí
me duele.
La miro, me
lamento, lloriqueo y sigo sin entenderla.
Nos habíamos
juntado a cenar con dos amigos, decidimos ir a bailar, pasamos por la casa de
uno de ellos para que pudiera cambiarse y tomamos un taxi en dirección a la
mía.
Los tres
estábamos muy fumados, yo no dejaba de hablar y el chofer nos odiaba. Se le notaba.
En un
momento se equivocó de camino, se disculpó como si hubiera matado a alguien y
yo le contesté “bueno, bueno, ya está, ya hay que retomar, que se le va a
hacer” y el tipo me odió más.
Seguimos
camino a casa, donde yo me cambiaría para después continuar rumbo al boliche
con el mismo taxi. Pero no, claro que no.
Cuando
pasábamos por un costado del Cementerio de la Chacarita, el taxista gira para
otro lado y nos dice “bueno, ya está, les pido que se bajen acá, por favor, no
les cobro nada, me desvié, ya está, no seguimos”.
Intentamos
convencerlo de completar el viaje y como se negó, nos bajamos. La felicidad de
habernos ahorrado más de 80 pesos por la locura galopante de este gil me duró casi
nada porque, cuando estábamos cruzando la calle para conseguir otro taxi, me
caí.
Me hice teta
la rodilla izquierda, me asusté y hasta se me revolvió el estómago, imagino,
por la adrenalina.
Mis amigos
me levantaron, tomamos otro taxi sin querer modificar los planes iniciales,
pero cuando bajé en casa a cambiarme, y me miré la rodilla, me asusté más. En
cinco minutos me había crecido una deformación espantosa del tamaño del
Maracaná, y me mataba de dolor.
Para cuando
llegamos al boliche, ya ni podía apoyar la pierna, así que tuve que arrancar mi
periplo por dos guardias diferentes, porque en la primera no había
traumatólogo.
Era la
segunda vez que usaba esas plataformas. Negras, divinas, nuevas y súper
cómodas. Pero asesinas. La primera vez que las usé también me caí, y no
contenta con eso, las volví a usar.
Acá hay una
maldición.
Alguna
energía horrible que vino con estos zapatos cuando los conseguí, que se afirmó
con la primera caída mientras bailaba con Matías en la fiesta de fin de año de
la oficina, y que definitivamente se consagró dejándome medio inválida después
de la cena con los chicos.
El taxista me
maldijo y empeoró todo.
Sentí su energía
asquerosa cuando subí y cuando me bajé, pero estoy segura que no fue el único
causante de mi desgracia.
Estos
zapatos son hermosos, tienen la altura justa para mí y me costó conseguirlos.
Eran perfectos hasta que los usé.
No sé qué
hacer.
No sé si
quemarlos o volver a arriesgarme y usarlos de nuevo.
Son lindos. Re
lindos.
No me
combinan con el color rarísimo que tengo en la rodilla, pero son lindos.
Muy lindos.
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