viernes, 10 de febrero de 2017

El color de mi rodilla

- Veo, veo.
- ¿Qué ves?
- Qué se yo.

Me miro la rodilla y no la entiendo.

Sé que me duele mucho, que no me deja ni dormir, que el hielo no me ayuda y que los antiinflamatorios tampoco.
También sé que en la placa que me sacaron en la guardia del Cemic no salió nada, pero a mí me duele.
La miro, me lamento, lloriqueo y sigo sin entenderla.

Nos habíamos juntado a cenar con dos amigos, decidimos ir a bailar, pasamos por la casa de uno de ellos para que pudiera cambiarse y tomamos un taxi en dirección a la mía.
Los tres estábamos muy fumados, yo no dejaba de hablar y el chofer nos odiaba. Se le notaba.
En un momento se equivocó de camino, se disculpó como si hubiera matado a alguien y yo le contesté “bueno, bueno, ya está, ya hay que retomar, que se le va a hacer” y el tipo me odió más.
Seguimos camino a casa, donde yo me cambiaría para después continuar rumbo al boliche con el mismo taxi. Pero no, claro que no.
Cuando pasábamos por un costado del Cementerio de la Chacarita, el taxista gira para otro lado y nos dice “bueno, ya está, les pido que se bajen acá, por favor, no les cobro nada, me desvié, ya está, no seguimos”.
Intentamos convencerlo de completar el viaje y como se negó, nos bajamos. La felicidad de habernos ahorrado más de 80 pesos por la locura galopante de este gil me duró casi nada porque, cuando estábamos cruzando la calle para conseguir otro taxi, me caí.
Me hice teta la rodilla izquierda, me asusté y hasta se me revolvió el estómago, imagino, por la adrenalina.
Mis amigos me levantaron, tomamos otro taxi sin querer modificar los planes iniciales, pero cuando bajé en casa a cambiarme, y me miré la rodilla, me asusté más. En cinco minutos me había crecido una deformación espantosa del tamaño del Maracaná, y me mataba de dolor.
Para cuando llegamos al boliche, ya ni podía apoyar la pierna, así que tuve que arrancar mi periplo por dos guardias diferentes, porque en la primera no había traumatólogo.

Era la segunda vez que usaba esas plataformas. Negras, divinas, nuevas y súper cómodas. Pero asesinas. La primera vez que las usé también me caí, y no contenta con eso, las volví a usar.

Acá hay una maldición.
Alguna energía horrible que vino con estos zapatos cuando los conseguí, que se afirmó con la primera caída mientras bailaba con Matías en la fiesta de fin de año de la oficina, y que definitivamente se consagró dejándome medio inválida después de la cena con los chicos.
El taxista me maldijo y empeoró todo.
Sentí su energía asquerosa cuando subí y cuando me bajé, pero estoy segura que no fue el único causante de mi desgracia.

Estos zapatos son hermosos, tienen la altura justa para mí y me costó conseguirlos. Eran perfectos hasta que los usé.
No sé qué hacer.
No sé si quemarlos o volver a arriesgarme y usarlos de nuevo.
Son lindos. Re lindos.
No me combinan con el color rarísimo que tengo en la rodilla, pero son lindos.
Muy lindos. 

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