martes, 12 de septiembre de 2017

Una eternidad

Hay una época de mi vida que me resulta difícil de recordar, aun esforzándome.

Recuerdo un avión, un viaje y unas fotos. Un gato en una playa comiendo pescado recién asado, y las olas.
Un anillo negro que no compré, un parlante que no funcionaba, comida algo extraña.
Días largos, gente alta, piletas con hamacas.
Más aviones, volver a abrigarme, la piel muy bronceada.
Desarmar la valija, no ordenar nada, una última charla.

Dormir incómoda, escuchar el teléfono, violencia en las palabras.
Me gritan que vaya y yo no entiendo nada. Nadie sabe qué pasa.
Tres horas de viaje hacia un infierno que siento verdadero, y que no voy a poder evitar.
Llorar todo el camino, desesperación, casi ni respiro.
"Tiene un tiro en la cabeza", me dicen, y ahí entiendo lo que sospechaba.

“Las mamás no se matan”, le digo un año y medio después a Susana, mi psicóloga, mientras pienso en Susana, mi mamá.

Me siento presa desde que nací. Presa de mandatos, de órdenes, de reglas que nunca entendí. Mi mamá fue siempre muy poderosa, autoritaria, y yo muy débil para enfrentarla. Cuando lo logré, me cobró carísimo por mi libertad. Y ahora, con más de 30 años, me siento presa de una guerra inevitable, causada por una decisión de otro, por algo que me cayó de arriba, y que no me imaginaba tener que vivir.

¿Se puede evitar un suicidio?
¿Se puede frenar un suicidio?
¿Se puede decidir un suicidio?

Con la muerte sufre el que se queda. Y ese que se queda también se muere un poco.

Hay cosas que cambian para siempre, que se van, que no vas a recuperar jamás. Ya no estás vos tampoco. Te fuiste vos también. Lo que queda es algo raro, un híbrido, ni siquiera un animal.

Estás perdido en un limbo que te meten por la boca y no vas a dejar de llorar.
Un día te vas a volver a reír, vas a volver a bailar pero no, no vas a dejar de llorar.
Llorar en silencio, llorar por detrás, llorar en cada sonrisa, llorar hasta que no des más.
Te lloran los ojos, la garganta, las manos y la vida.
Te llora la memoria y no la vas a poder calmar.
Un agujero en el medio del pecho y no sabes a donde ir a buscar.
Alrededor tuyo están todos medio muertos, y encima vos tenés que empujar.
Ser hijo único es una mierda, y todos te lo quieren negar.
Hay ausencias gigantescas, que no se van a llenar.
Están a tu lado, dentro tuyo, ahí se van a quedar.

Se deshace el que se queda, y se calla el que se va.

¿Qué carajo hago con esto? ¿Dónde está mi mamá?

Ya pasó un año, seis meses, trece días y quince horas. La eternidad acaba de empezar.


miércoles, 23 de agosto de 2017

Más dura que Natacha con el raquetazo fresco.

Tengo que cambiar mil costumbres de mierda y, lógico, no puedo con ninguna.

Necesito horarios, orden, límites y no puedo corregir ni agregar ninguno. Ya sé que las batallas más difíciles son las que libramos contra nosotros mismos, pero esto es una tortura. Soy tan nociva conmigo misma que tengo mucho por trabajar y no sé ni por dónde arrancar. Es como tener una hoja en blanco en frente y no poder más que mirarla durante horas, dura, sin ninguna idea a la vista. Ahí es cuando me aburro de mí. Hasta escribir tiene que ser un ejercicio diario y no puedo cumplirlo aun amándolo como lo amo. ¿Será este el final de Jorgelina zombie?

miércoles, 9 de agosto de 2017

Hoy quiero

Quiero salir a bailar.                      
LO NECESITO.                      
Quiero quedar embarazada y hacer una sesión de fotos trash, algo fea, con un pucho en la boca y una cerveza en la mano.                      
Quiero ser actriz.                      
Y vivir de eso.                      
Quiero comer un sanguche de milanesa diario y que no me afecte la salud ni me engorde.
Creo que eso es todo por hoy.

viernes, 24 de febrero de 2017

Un perro ladrón

El perro de los Gómez vio como la familia terminaba de comer el asado del domingo y se preparó. Sabía que el momento de poder robar un chorizo estaba llegando y se paró cerca de la mesa. Cuando todos se fueron a jugar a las cartas al living, saltó sobre una silla, se inclinó hacia una bandeja y robó ese chorizo que tanto quería. A pesar de sus cuidados lo descubrieron, pero como todos se rieron de lo que estaba haciendo, pudo comer tranquilo y fue feliz.


El perrito de los Gómez

El perrito de los Gómez
ya no sabe que inventar.
Espera a que todos terminen
para poder ir a robar.
Pone cara de buenito,
¿quién va a sospechar?
Sus planes son un lujo,
nada puede fallar.
Cuando la familia distraída
a las cartas se va a jugar
el perrito de los Gómez
se prepara para atacar.
Sueña y sueña con chorizos
hasta que se hacen realidad.
Es un hermoso delito
y la carne, una realidad.
Al final lo descubren todos
pero nadie lo va a retar.
Ese chorizo esquivo
ya no se va a salvar.


El perro y la cheta

Ay, chicus, tipo que no da. Onda, salgo a buscar el I-phone que me dejé en el quincho de la familia de Matu y está el perro ese horrendo trepado a miiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii silla comiendo de miiiiiiiiiiiiiiii plato!!!!
¡Te lo pido par favar! ¡Sacame a este ridículo ya! Matuuuuuuuuuuuuuuuuu!!!!! Ese coso feo de tu familia se está comiendo todo!!!! Matu, daleeeeeeeeeeee! Está bien que a la chica le pagan porque limpie todo pero la vas a hacer que bañe al perro porque se llenó de grasa? Sos un rata, nene.
- ¡Ay, hola, má! ¡No sabes lo que está pasando acá! ¡¡¡¡El perro se está robando todo!!!! ¡¡¡¡La comida, mamá!!!! ¿Matu? Ahí, riéndose del perro con los hermanos. Un tarado. ¿Qué huecos son los hombres, no, má?


jueves, 23 de febrero de 2017

Ni una sola idea de nada.

Tengo que escribir para el curso de los viernes y no se me ocurre nada. No logro descifrar si es porque estoy cansada o porque la semana fue desastrosa. Creo que estar sentada, haciendo que trabajo, en una oficina a la que me siento ajena tampoco debe ayudar demasiado. No puedo pensar, no tengo ni una idea, y Word me odia. Estoy incómoda con todo. Con el día, el clima, mi mal humor y el sueño.
El martes tuve un turno con mi fonoaudióloga, que sufrió un brote psicótico en plena sesión, al que no pude ni reaccionar, y desde ese momento estoy desconcentrada.
Me encantaría saber por qué me quedé quieta, sólo observándola, y no se me ocurrió llamar a alguien para que la ayude. ¿Habrá sido miedo? ¿Estuve en shock? ¿Me fasciné de alguna forma morbosa y no me pude correr del lugar de espectadora?
Claudia gritó en su consultorio durante media hora y yo sólo me dediqué a mirarla hasta que entraron dos empleadas de la clínica, me pidieron que saliera y llamaron al 107.
Yo me tenía que ir rápido porque tenía otro turno en Palermo así que mi último contacto directo con la situación fue escuchar sus gritos desde la calle.
Al día siguiente, me llamó el dueño de la clínica para intentar explicarme qué había sucedido. Específicamente, me dijo que Claudia había tenido un brote psicótico inducido por el consumo de drogas que habría tomado durante un retiro espiritual al que fue el fin de semana anterior.
¿Me habrá dicho la verdad? Dudo porque la situación es la más extraña que me pasó en la vida, pero también porque tal vez quiere ocultar algo para evitar, por ejemplo, que yo les haga algún tipo de reclamo. ¿Y sí nunca me entero que es lo que realmente pasó?
Necesito hablar con Claudia, pero decidí esperar hasta que ella se comunique conmigo y no forzar el contacto. Me angustia pensar que mientras yo intento escribir, ella tenga que estar medicada y rodeada de psiquiatras.

Estoy mareada.

viernes, 10 de febrero de 2017

El color de mi rodilla

- Veo, veo.
- ¿Qué ves?
- Qué se yo.

Me miro la rodilla y no la entiendo.

Sé que me duele mucho, que no me deja ni dormir, que el hielo no me ayuda y que los antiinflamatorios tampoco.
También sé que en la placa que me sacaron en la guardia del Cemic no salió nada, pero a mí me duele.
La miro, me lamento, lloriqueo y sigo sin entenderla.

Nos habíamos juntado a cenar con dos amigos, decidimos ir a bailar, pasamos por la casa de uno de ellos para que pudiera cambiarse y tomamos un taxi en dirección a la mía.
Los tres estábamos muy fumados, yo no dejaba de hablar y el chofer nos odiaba. Se le notaba.
En un momento se equivocó de camino, se disculpó como si hubiera matado a alguien y yo le contesté “bueno, bueno, ya está, ya hay que retomar, que se le va a hacer” y el tipo me odió más.
Seguimos camino a casa, donde yo me cambiaría para después continuar rumbo al boliche con el mismo taxi. Pero no, claro que no.
Cuando pasábamos por un costado del Cementerio de la Chacarita, el taxista gira para otro lado y nos dice “bueno, ya está, les pido que se bajen acá, por favor, no les cobro nada, me desvié, ya está, no seguimos”.
Intentamos convencerlo de completar el viaje y como se negó, nos bajamos. La felicidad de habernos ahorrado más de 80 pesos por la locura galopante de este gil me duró casi nada porque, cuando estábamos cruzando la calle para conseguir otro taxi, me caí.
Me hice teta la rodilla izquierda, me asusté y hasta se me revolvió el estómago, imagino, por la adrenalina.
Mis amigos me levantaron, tomamos otro taxi sin querer modificar los planes iniciales, pero cuando bajé en casa a cambiarme, y me miré la rodilla, me asusté más. En cinco minutos me había crecido una deformación espantosa del tamaño del Maracaná, y me mataba de dolor.
Para cuando llegamos al boliche, ya ni podía apoyar la pierna, así que tuve que arrancar mi periplo por dos guardias diferentes, porque en la primera no había traumatólogo.

Era la segunda vez que usaba esas plataformas. Negras, divinas, nuevas y súper cómodas. Pero asesinas. La primera vez que las usé también me caí, y no contenta con eso, las volví a usar.

Acá hay una maldición.
Alguna energía horrible que vino con estos zapatos cuando los conseguí, que se afirmó con la primera caída mientras bailaba con Matías en la fiesta de fin de año de la oficina, y que definitivamente se consagró dejándome medio inválida después de la cena con los chicos.
El taxista me maldijo y empeoró todo.
Sentí su energía asquerosa cuando subí y cuando me bajé, pero estoy segura que no fue el único causante de mi desgracia.

Estos zapatos son hermosos, tienen la altura justa para mí y me costó conseguirlos. Eran perfectos hasta que los usé.
No sé qué hacer.
No sé si quemarlos o volver a arriesgarme y usarlos de nuevo.
Son lindos. Re lindos.
No me combinan con el color rarísimo que tengo en la rodilla, pero son lindos.
Muy lindos. 

viernes, 27 de enero de 2017

La muerte de P.

Lo perdí por culpa de los Guns & Roses. O eso es lo que prefiero pensar.
Ya habíamos superado tres años, cinco meses y veintidós días de restricción cuando los primeros segundos de Welcome to the jungle nos cambiaron la vida para siempre.
P siempre fue alguien temeroso, inseguro y eso lo convertía en un habitante ideal para nuestro país, que sólo buscaba fabricar mentes obedientes a las más despiadadas y ridículas leyes. Desmoralizarnos era uno de los objetivos y los anuncios del 13 de febrero del año 2023 lo lograron.
Ese día nos advirtieron sobre una serie de acciones prohibidas para el régimen que ya habían sido vetadas sin éxito en el pasado, así que la única forma que encontraron de eliminarlas para siempre fue castigarnos con la muerte. Y fueron tan desvergonzados que decidieron invertir la carga y decir que realizarlas sería un “suicidio”.
La lista de prohibiciones incluía
  •          Tener mascotas
  •          Bailar
  •          Cultivar plantas
  •          Escuchar música
  •          Mantener contacto físico
  •          Dibujar
  •          Consumir azúcar
El proceso completo implicaba que, si nos descubrían, por ejemplo, escondiendo un mísero potus, nos llevarían al estadio principal del Círculo de gobernadores para someternos a una votación en la que el pueblo debería elegir nuestra forma de morir. Terminada la elección, simplemente tendríamos que completar el afamado suicidio en frente a todos, y sin titubear. Una demora superior a los tres minutos tenía pena de tortura, por lo tanto, resultaba imposible decidir si era peor el remedio o la enfermedad.
El destino de P se resolvió en pocos segundos; estaba ordenando un depósito con pertenencias de una de las familias eliminadas en la última Recolección de Infractores. Allí encontró un disc-man viejo y lo prendió. Podría haber estado vacío, roto, las pilas podrían no haber tenido carga, pero nada de eso ocurrió. Lo apagó rápido, aunque no lo suficiente.
Llegaron siete Guardianes del orden y se lo llevaron directo al estadio. Por supuesto que temblaba e, igual que yo, intentó explicar algo que nadie quiso escuchar.
Una hora después, ya habían cremado su cadáver.
Ahora me toca embalar sus cosas para llevarlas a otro depósito. En menos de media hora, tengo que entregar toda su ropa, sus toallas, los platos que usaba y hasta el shampoo.
No puedo ni llorar en paz.
Creo que ni siquiera tuve tiempo para entender que ya no está.
Que lo mataron.
Que la palabra suicidio me va a doler para siempre.
Los procesos, de acuerdo al Régimen, deben ser rápidos y expeditivos para que podamos dejar atrás a los “traidores” y no convertirnos en uno de ellos.
Necesito más cajas.