Hay una época de mi vida que me resulta difícil de recordar,
aun esforzándome.
Recuerdo un avión, un viaje y unas fotos. Un gato en una
playa comiendo pescado recién asado, y las olas.
Un anillo negro que no compré, un parlante que no
funcionaba, comida algo extraña.
Días largos, gente alta, piletas con hamacas.
Más aviones, volver a abrigarme, la piel muy bronceada.
Desarmar la valija, no ordenar nada, una última charla.
Dormir incómoda, escuchar el teléfono, violencia en las
palabras.
Me gritan que vaya y yo no entiendo nada. Nadie sabe qué
pasa.
Tres horas de viaje hacia un infierno que siento verdadero,
y que no voy a poder evitar.
Llorar todo el camino, desesperación, casi ni respiro.
"Tiene un tiro en la cabeza", me dicen, y ahí
entiendo lo que sospechaba.
“Las mamás no se matan”, le digo un año y medio después a
Susana, mi psicóloga, mientras pienso en Susana, mi mamá.
Me siento presa desde que nací. Presa de mandatos, de
órdenes, de reglas que nunca entendí. Mi mamá fue siempre muy poderosa,
autoritaria, y yo muy débil para enfrentarla. Cuando lo logré, me cobró
carísimo por mi libertad. Y ahora, con más de 30 años, me siento presa de una
guerra inevitable, causada por una decisión de otro, por algo que me cayó de
arriba, y que no me imaginaba tener que vivir.
¿Se puede evitar un suicidio?
¿Se puede frenar un suicidio?
¿Se puede decidir un suicidio?
Con la muerte sufre el que se queda. Y ese que se queda
también se muere un poco.
Hay cosas que cambian para siempre, que se van, que no vas a
recuperar jamás. Ya no estás vos tampoco. Te fuiste vos también. Lo que queda
es algo raro, un híbrido, ni siquiera un animal.
Estás perdido en un limbo que te meten por la boca y no vas
a dejar de llorar.
Un día te vas a volver a reír, vas a volver a bailar pero
no, no vas a dejar de llorar.
Llorar en silencio, llorar por detrás, llorar en cada
sonrisa, llorar hasta que no des más.
Te lloran los ojos, la garganta, las manos y la vida.
Te llora la memoria y no la vas a poder calmar.
Un agujero en el medio del pecho y no sabes a donde ir a
buscar.
Alrededor tuyo están todos medio muertos, y encima vos tenés
que empujar.
Ser hijo único es una mierda, y todos te lo quieren negar.
Hay ausencias gigantescas, que no se van a llenar.
Están a tu lado, dentro tuyo, ahí se van a quedar.
Se deshace el que se queda, y se calla el que se va.
¿Qué carajo hago con esto? ¿Dónde está mi mamá?
Ya pasó un año, seis meses, trece días y quince horas. La eternidad
acaba de empezar.
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