La muerte de P.
Lo perdí por culpa de los Guns & Roses. O eso es lo que
prefiero pensar.
Ya habíamos superado tres años, cinco meses y veintidós
días de restricción cuando los primeros segundos de Welcome to the jungle nos
cambiaron la vida para siempre.
P siempre fue alguien temeroso, inseguro y eso lo convertía
en un habitante ideal para nuestro país, que sólo buscaba fabricar mentes
obedientes a las más despiadadas y ridículas leyes. Desmoralizarnos era uno de
los objetivos y los anuncios del 13 de febrero del año 2023 lo lograron.
Ese día nos advirtieron sobre una serie de acciones
prohibidas para el régimen que ya habían sido vetadas sin éxito en el pasado,
así que la única forma que encontraron de eliminarlas para siempre fue
castigarnos con la muerte. Y fueron tan desvergonzados que decidieron invertir
la carga y decir que realizarlas sería un “suicidio”.
La lista de prohibiciones incluía
- Tener mascotas
- Bailar
- Cultivar plantas
- Escuchar música
- Mantener contacto físico
- Dibujar
- Consumir azúcar
El proceso
completo implicaba que, si nos descubrían, por ejemplo, escondiendo un mísero
potus, nos llevarían al estadio principal del Círculo de gobernadores para
someternos a una votación en la que el pueblo debería elegir nuestra forma de morir.
Terminada la elección, simplemente tendríamos que completar el afamado suicidio
en frente a todos, y sin titubear. Una demora superior a los tres minutos tenía
pena de tortura, por lo tanto, resultaba imposible decidir si era peor el
remedio o la enfermedad.
El destino
de P se resolvió en pocos segundos; estaba ordenando un depósito con
pertenencias de una de las familias eliminadas en la última Recolección de Infractores.
Allí encontró un disc-man viejo y lo prendió. Podría haber estado vacío, roto, las
pilas podrían no haber tenido carga, pero nada de eso ocurrió. Lo apagó rápido,
aunque no lo suficiente.
Llegaron
siete Guardianes del orden y se lo llevaron directo al estadio. Por supuesto
que temblaba e, igual que yo, intentó explicar algo que nadie quiso escuchar.
Una hora
después, ya habían cremado su cadáver.
Ahora me
toca embalar sus cosas para llevarlas a otro depósito. En menos de media hora,
tengo que entregar toda su ropa, sus toallas, los platos que usaba y hasta el
shampoo.
No puedo ni
llorar en paz.
Creo que ni
siquiera tuve tiempo para entender que ya no está.
Que lo
mataron.
Que la
palabra suicidio me va a doler para siempre.
Los
procesos, de acuerdo al Régimen, deben ser rápidos y expeditivos para que
podamos dejar atrás a los “traidores” y no convertirnos en uno de ellos.
Necesito más
cajas.
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