viernes, 27 de enero de 2017

La muerte de P.

Lo perdí por culpa de los Guns & Roses. O eso es lo que prefiero pensar.
Ya habíamos superado tres años, cinco meses y veintidós días de restricción cuando los primeros segundos de Welcome to the jungle nos cambiaron la vida para siempre.
P siempre fue alguien temeroso, inseguro y eso lo convertía en un habitante ideal para nuestro país, que sólo buscaba fabricar mentes obedientes a las más despiadadas y ridículas leyes. Desmoralizarnos era uno de los objetivos y los anuncios del 13 de febrero del año 2023 lo lograron.
Ese día nos advirtieron sobre una serie de acciones prohibidas para el régimen que ya habían sido vetadas sin éxito en el pasado, así que la única forma que encontraron de eliminarlas para siempre fue castigarnos con la muerte. Y fueron tan desvergonzados que decidieron invertir la carga y decir que realizarlas sería un “suicidio”.
La lista de prohibiciones incluía
  •          Tener mascotas
  •          Bailar
  •          Cultivar plantas
  •          Escuchar música
  •          Mantener contacto físico
  •          Dibujar
  •          Consumir azúcar
El proceso completo implicaba que, si nos descubrían, por ejemplo, escondiendo un mísero potus, nos llevarían al estadio principal del Círculo de gobernadores para someternos a una votación en la que el pueblo debería elegir nuestra forma de morir. Terminada la elección, simplemente tendríamos que completar el afamado suicidio en frente a todos, y sin titubear. Una demora superior a los tres minutos tenía pena de tortura, por lo tanto, resultaba imposible decidir si era peor el remedio o la enfermedad.
El destino de P se resolvió en pocos segundos; estaba ordenando un depósito con pertenencias de una de las familias eliminadas en la última Recolección de Infractores. Allí encontró un disc-man viejo y lo prendió. Podría haber estado vacío, roto, las pilas podrían no haber tenido carga, pero nada de eso ocurrió. Lo apagó rápido, aunque no lo suficiente.
Llegaron siete Guardianes del orden y se lo llevaron directo al estadio. Por supuesto que temblaba e, igual que yo, intentó explicar algo que nadie quiso escuchar.
Una hora después, ya habían cremado su cadáver.
Ahora me toca embalar sus cosas para llevarlas a otro depósito. En menos de media hora, tengo que entregar toda su ropa, sus toallas, los platos que usaba y hasta el shampoo.
No puedo ni llorar en paz.
Creo que ni siquiera tuve tiempo para entender que ya no está.
Que lo mataron.
Que la palabra suicidio me va a doler para siempre.
Los procesos, de acuerdo al Régimen, deben ser rápidos y expeditivos para que podamos dejar atrás a los “traidores” y no convertirnos en uno de ellos.
Necesito más cajas.

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