jueves, 5 de enero de 2017

Arrival

Entré a ver Arrival con algo de envidia.
Iba a ir sola, ya tenía la entrada, se agregó una amiga, y como en enero no hay ni una pelusa en nuestra ciudad, conseguimos lugar también para ella.
Hay gente con la que se puede ir al cine, gente con la que no. Tengo mi conjunto de reglas sobre el comportamiento, y no suelo negociarlas.
Por suerte, mi amiga es una gran compañía cinematográfica; habla lo justo y necesario (nivel que equivale a casi nada, y amo mil) y ni ahí hace escándalo cuando abre una bolsa de papas fritas ni un paquete de lo que sea. ¿Vieron que hay gente que para comer necesita comportarse como si tuviera convulsiones? Bueno, eso es algo que sufro intensamente y gracias a Alá, Jehová, Dios, o quién sea, no lo tuve que padecer.
Por eso, casi podría decir que hubo un clima ideal durante toda la función (a excepción de dos pendejitos de doce años que no cerraban el orto ni de milagro).
Qué fabuloso debe ser tener el conocimiento de Louise Banks, el personaje de Amy Adams. Eso es lo que me daba envidia. Ser alguien que pueda
incorporar grandes niveles de información compleja y en forma constante, y tener la mente organizadísima.
Ya es un milagro que me acuerde de mi nombre así que de aprender lenguajes extraños, ni hablemos.
Arrival es una película que es más de lo que se espera y eso es hermoso.
Sí, hay naves extraterrestres. Sí, hay criaturas a las que no entendemos. No hay lugares comunes. Bendita nuestra suerte por fin.
Tiene ritmo, los personajes son interesantes, la trama es entretenida, y ya por el final te pega una patada directo en los dientes. Muy a pesar del golpe, esa es la parte más linda.
Entre tanta barrera idiomática, también aparece Ian Donnelly - encarnado por el bebo Jeremy Renner -; un científico de mente brillante, muy ágil y comprometido, pero que también sobre el final termina convirtiéndose en alguien a quien perfectamente podríamos amar tanto como odiar.
Lo mejor de la película es lo que no sabemos, lo que no esperamos, aquello que el trailer ni nos anunció ni nos hizo imaginar. Louise tiene que tomar una decisión una vez que termina su recorrido inesperado, y esa decisión tal vez no sea inesperada (después de todo, es una película) pero nos hace admirarla y quererla mucho. Se anima, avanza, aprende, investiga, se golpea, sufre, vuelve a aprender y decide.
Decide sabiamente, con la certeza absoluta de que el camino que debe enfrentar la va a marcar para siempre de formas inexplicables y aun así se anima. Tiene la valentía necesaria para afrontar su futuro y eso es tranquilizador para el espectador porque si bien la película dura dos horas, logramos comprenderla y por eso necesitamos confiar en que va a estar bien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario