Entré a ver Arrival
con algo de envidia.
Iba a ir sola, ya
tenía la entrada, se agregó una amiga, y como en enero no hay ni una pelusa en
nuestra ciudad, conseguimos lugar también para ella.
Hay gente con la que
se puede ir al cine, gente con la que no. Tengo mi conjunto de reglas sobre el
comportamiento, y no suelo negociarlas.
Por suerte, mi amiga
es una gran compañía cinematográfica; habla lo justo y necesario (nivel que
equivale a casi nada, y amo mil) y ni ahí hace escándalo cuando abre una bolsa
de papas fritas ni un paquete de lo que sea. ¿Vieron que hay gente que para
comer necesita comportarse como si tuviera convulsiones? Bueno, eso es algo que
sufro intensamente y gracias a Alá, Jehová, Dios, o quién sea, no lo tuve que
padecer.
Por eso, casi podría
decir que hubo un clima ideal durante toda la función (a excepción de dos
pendejitos de doce años que no cerraban el orto ni de milagro).
Qué fabuloso debe ser
tener el conocimiento de Louise Banks, el personaje de Amy Adams. Eso es lo que
me daba envidia. Ser alguien que pueda
incorporar grandes niveles de información
compleja y en forma constante, y tener la mente organizadísima.
Ya es un milagro que
me acuerde de mi nombre así que de aprender lenguajes extraños, ni hablemos.
Arrival es una
película que es más de lo que se espera y eso es hermoso.
Sí, hay naves
extraterrestres. Sí, hay criaturas a las que no entendemos. No hay lugares
comunes. Bendita nuestra suerte por fin.
Tiene ritmo, los
personajes son interesantes, la trama es entretenida, y ya por el final te pega
una patada directo en los dientes. Muy a pesar del golpe, esa es la parte más
linda.
Entre tanta barrera
idiomática, también aparece Ian Donnelly - encarnado por el bebo Jeremy Renner
-; un científico de mente brillante, muy ágil y comprometido, pero que también
sobre el final termina convirtiéndose en alguien a quien perfectamente
podríamos amar tanto como odiar.
Lo mejor de la
película es lo que no sabemos, lo que no esperamos, aquello que el trailer ni
nos anunció ni nos hizo imaginar. Louise tiene que tomar una decisión una vez
que termina su recorrido inesperado, y esa decisión tal vez no sea inesperada (después
de todo, es una película) pero nos hace admirarla y quererla mucho. Se anima,
avanza, aprende, investiga, se golpea, sufre, vuelve a aprender y decide.
Decide sabiamente, con
la certeza absoluta de que el camino que debe enfrentar la va a marcar para
siempre de formas inexplicables y aun así se anima. Tiene la valentía necesaria
para afrontar su futuro y eso es tranquilizador para el espectador porque si
bien la película dura dos horas, logramos comprenderla y por eso necesitamos
confiar en que va a estar bien.
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