Buenos
Aires, 17 de enero de 3012
Nico
¿Cómo estás?
¡Te extraño
y necesito verte de nuevo!
Tus visitas
nunca duran lo suficiente. Y ya que tomaste la responsabilidad de ser mi amigo,
es bueno que sepas que necesito que pactemos encuentros más seguidos: es la
única forma de que no me mande más cagadas con ya sabemos quién.
Por acá las
cosas siguen muy tranquilas, casi aburridas.
Mía sigue
divina y súper demandante. Tuve que ponerla a dieta, pobre, pero la compenso
dejándola subir a la cama, aunque quede todo lleno de pelos.
Corté un
poco el embole yéndome una semanita al hotel en Burzaco del que te conté, Tumbas
de la gloria. Antes era un cementerio, pero se ve que dar alojamiento ocasional
es más rentable que el asilo permanente.
Apenas
llegué, me recibieron con un servicio genial y muchas bebidas alcohólicas que
me bajé de un saque. Ni sabía si eran de cortesía o si iba a tener que
pagarlas, pero no me importó. Necesitaba ahogar ciertas penas y me funcionó.
Después me
llevaron a una pre habitación donde dejé mis bártulos y seguí derecho a mi
tumba, la número 4822. No logro descubrir por qué, pero siento que ese numerito
me va a traer suerte, así que ayer lo aposté a la nacional y provincia, a la
cabeza y hasta los diez. Si gano algo, me voy de nuevo a ver a mamá. No soporto
seguir en este barrio a riesgo de cruzarme al quetejedi.
La tumba que
me tocó era re linda, de cemento alisado, gris y se notaba que era nueva.
El cajón era de madera oscura, casi negra, con herrajes dorados y muy estrambóticos. Lo que no
me gustó para nada fue la tela: la seda me daba calor y me resultó incómoda así
que tuve el aire acondicionado prendido toda la semana.
Yo le tenía
mucho miedo al tema de las sondas. Me había imaginado que sería una tortura,
pero fue más cómodo de lo que pensé así que casi ni lo sentí.
Toda la
preparación me llevó entre tres y cuatro horas, y ya después me apagué.
Cuando abrí
los ojos estaba medio mareada y contracturada, cosa que me sorprendió porque en
ninguno de los viajes anteriores me había pasado.
Como
siempre, lo primero que hice cuando vi a mamá fue abrazarla fuerte, y ya
después nos pusimos a chusmear de todo. Papá cobró de lo lindo, la típica.
Nos llevó
tres días ponernos al tanto de todo, y el jueves nos fuimos de viaje a una
playa divina que hay por ahí. Donde le tocó a ella hasta ahora, no la dejan
alejarse demasiado así que, dentro de las opciones posibles, elegimos el sol.
Me
desconecté el domingo y llegué a casa el lunes, y ya quiero verla de nuevo.
Quedamos en vernos
en febrero, seguramente en la segunda quincena.
Me prometió
cocinar empanadas así que cuando sepas si venís o no, avisame y te guardo.
¡Te quiero,
Nico!
¡Un beso!
Jor.

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